Por @latino.romano

Vigilaban celosamente la entrada de la madriguera. Las horas del crepúsculo eran las mejores para salir a buscar comida, pero no eran los únicos que conocían esa verdad.

Durante días la sombra de un águila les llenó de temor el corazón y los conejos no tenían más remedio que refugiarse en las profundidades de su cueva. La hierba fresca y las verduras silvestres del campo parecían llamarlos, como si cantaran una melodía romántica, tentándolos a aventurarse en la pradera por un suculento bocado.

El águila permanecía atento al pastizal. Los suaves movimientos del follaje le advertían la presencia de su presa. Todo parecía reducirse a una carrera donde ganaría el más paciente, el más silencioso.

Los conejos debían idear un plan si querían comer y no morir de hambre. El águila les llevaba ventaja pues era más rápida y fuerte, además surcaba los cielos y su vista era extraordinaria.

Decidieron observarla detenidamente, espiarla para hallar en ella algún defecto, y descubrieron que tenía dificultad para distinguir sombras. Los conejos vieron en esto una oportunidad de tomar la delantera en la batalla.

Pronto consiguieron pedazos de cortezas de un árbol, y con sus dientes royeron unas siluetas de ellos mismos. El plan era utilizarlas como señuelo en la penumbra del atardecer y en las madrugadas para confundir al águila. Así podrían comer y conseguir vegetales mientras el ave se distraía cazando corteza.

Durante días el truco fue exitoso. Los conejos reían al ver como el depredador destrozaba sus garras en la dura corteza y clavaba su pico para saborear madera, mientras ellos disfrutaban de pasto fresco y entrañas de calabaza.

El águila, al verse engañado, decidió urdir un plan similar. Tomó ramas de palmeras y los ató a restos de un cuerno de toro para hacerlo parecer un pájaro con alas extendidas y lo colgó entre unas rocas a una buena distancia para que los conejos no percibieran los detalles.

Los astutos conejos salieron esa tarde a buscar su alimento, miraban el títere y pensaban que su depredador estaba posado en el peñasco rocoso. Cuando estuvieron lejos de su madriguera, el águila se abalanzó sobre ellos dándose un festín bien merecido.

Un drama en la pradera, donde la vida florece y se enfrenta a la lucha diaria por la subsistencia. Donde las habilidades son importantes y donde la astucia y la suerte juegan sus cartas en la misma mesa.

Esta invitación es solo para 100 personas, no pierdas la tuya: https://discord.gg/jCS6kZ4

 

By @latino.romano

They were jealously guarding the entrance to the burrow. The twilight hours were the best for going out for food, but they weren’t the only ones who knew that truth.

For days the shadow of an eagle filled their hearts with fear, and the rabbits had no choice but to take refuge in the depths of their cave. The fresh grass and wild vegetables of the countryside seemed to call them, as if they sang a romantic melody, tempting them to venture into the prairie for a succulent bite.

The eagle remained attentive to the pasture. The soft movements of the foliage warned it of the presence of its prey. Everything seemed to be reduced to a race where the most patient, the most silent would win.

The rabbits had to come up with a plan if they wanted to eat and not starve. The eagle was ahead of them because it was faster and stronger, it crossed the skies and its sight was extraordinary.

They decided to watch her closely, spy on her to find some defect in her, and discovered that she had difficulty distinguishing shadows. The rabbits saw this as an opportunity to take the lead in battle.

Soon they got pieces of bark from a tree, and with their teeth they gnawed silhouettes of themselves. The plan was to use them as bait in the twilight of dusk and early morning to confuse the eagle. So they could eat and get vegetables while the bird was distracted hunting bark.

For days the trick was successful. The rabbits laughed as they watched as the predator shattered its claws in the hard bark and nailed its beak to savor wood, while they enjoyed fresh grass and pumpkin entrails.

The eagle, being deceived, decided to devise a similar plan. He took branches from palm trees and tied them to the remains of a bull horn to make it look like a bird with outstretched wings and hung it between rocks at a good distance so that the rabbits would not perceive the details.

The cunning rabbits went out that afternoon to look for their food, they looked at the puppet and thought that its predator was perched on the rocky cliff. When they were far from their burrow, the eagle lunged at them with a well-deserved feast.

A drama in the prairie, where life flourishes and faces the daily struggle for subsistence. Where skills are important and where cunning and luck play their cards at the same table.

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