Por @latino.romano

El dolor y la desesperación eran el menor de sus males. La ignorancia y la incertidumbre eran los verdaderos titanes colosales de su tragedia. Las calles de aquella ciudad, de aquel sumidero humano, destacaban por su hedor y por el coro de llantos de muchas mujeres que perdían a seres queridos en cuestión de horas.

No hay valentía en quedarse a morir, no hay audacia en permanecer bajo la mirada selectiva de la muerte. Los que aún no dejaban su hogar, no lo hacían porque no tenían recursos, porque no tenían a nadie en otro lugar. Solo contaban con la esperanza de que el brote se detuviera, de que ocurriera un milagro.

Sábanas percudidas envolvían los cuerpos que se depositaban a orillas de la acera, montones de cuerpos de todas las edades y de todo género; víctimas inocentes de un enemigo desconocido, de un criminal sin compasión que se empeñaba en formar un imperio.

Entre los montones de cadáveres un valiente se atreve a mirar los rostros levantando sábanas y descubriendo envolturas. Alentado por la ética y la misericordia, pone su ciencia y sus conocimientos al servicio de los desvalidos.

Recorre las calles haciendo observaciones, escribiendo nombres de fallecidos habitantes, consolando a los sobrevivientes con esperanzas inciertas.

El único caballero de imponente espada, se hunde en lo más bajo de aquel mundo condenado buscando rescatarlo de su miseria. En sus palabras hay confianza, en sus hechos hay verdad; en su experiencia, muchos recuerdos de pobreza, una que alguna vez le sonrió con su macabra sonrisa.

Al fin encuentra una debilidad en el villano. Tiene claro como cerrar su fuente de luz, como cortarle el aire, como apagar su sed despiadada.

Una calma tenue se cierne sobre la gente, un alivio mezclado con dolor y pena. ¡La plaga está contenida! Los que aún viven podrán caminar una vez más para ver el sol y contemplar la luna en la noche.

Miles de vidas más se salvarán gracias al valiente caballero. Muchas voces no darán llanto en mucho tiempo gracias a su tenaz labor.

Se recordará en el tiempo su batalla, su victoria gratificante, y se le honrará con el agradecimiento de un noble.

En 1854 el médico británico John Snow demostró que la enfermedad del cólera se transmitía por consumir agua contaminada con materia fecal. Su contribución a la lucha contra este mal ha ayudado a salvar miles de vidas. Este relato conmemora su valioso aporte.

 

Las imágenes son propias, de colaboradores o cortesía de Pixabay.com autorizando su uso al autor del blog @latino.romano bajo licencia CC0. Puedes hacer click en la imagen para ver su fuente. Si te ha gustado, no dudes en compartirlo y apoyar al escritor.

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