Por @latino.romano

Recordaba lo emocionada que estaba cuando caminaba de la mano con su padre por el jardín. Para ella era el mejor paseo del mundo.

La tarde soleada y la brisa suave que mecía la hierba, golpeaban su dulce rostro iluminándolo hermosamente. Su sonrisa dejaba ver dos pequeños hoyuelos en sus mejillas. Su padre cortaba una flor silvestre, una de pétalos amarillos, para colocársela de adorno en su cabello.

Solía señalar las aves que cruzaban sobre sí, también los ciervos que daban saltos en el horizonte. Perseguir mariposas era su pasión. Sus pasitos torpes mientras corría le daban un toque encantador a la tarde.

A lo lejos estaba la madre, recostada sobre una manta bajo un árbol grande, cortando en trozos un bizcocho de vainilla. Su rostro irradiaba paz, su frente evocaba orgullo por hacer tan rico postre, su corazón titubeaba ante la idea de merecer tan acogedora experiencia, sus miedos se disipaban al ver a su niña tomada de la mano de su padre, corriendo por el jardín atrapando mariposas.

Hoy las mariposas ya no vuelan libres sobre las flores. Los años han pasado y el tiempo ha cobrado su deuda con la felicidad. Sobre el muro de la sala de estar reposan retratos de aquella niña sonriente, de aquellas tardes felices de bizcocho de vainilla.

Aún puede sentir el calor del Sol acariciando sus rosadas mejillas, aún puede sentir la mano de su padre apretando sus dedos, aún puede ver a su madre quitándole con ternura las migas de bizcocho de su dorado cabello.

Daría mil cofres de oro por regresar el tiempo y revivir aquellos recuerdos.


 

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By @latino.romano

She remembered how excited she was when she walked hand in hand with her father through the garden. For her it was the best walk in the world.

The sunny afternoon and the gentle breeze that swayed the grass, struck her sweet face illuminating it beautifully. Her smile showed two small dimples on her cheeks. Her father would cut a wild flower, one with yellow petals, and put it on her hair as an ornament.

He used to point out the birds that crossed over him, as well as the deer that jumped on the horizon. Chasing butterflies was his passion. His clumsy steps as he ran gave a charming touch to the afternoon.

Far away was the mother, lying on a blanket under a large tree, cutting a vanilla cake into pieces. Her face radiated peace, her forehead evoked pride in making such a rich dessert, her heart hesitated at the idea of deserving such a cozy experience, her fears dissipated when she saw her little girl holding her father’s hand, running through the garden catching butterflies.

Today butterflies no longer fly free over flowers. Years have passed and time has taken its toll on happiness. On the wall of the living room rest portraits of that smiling girl, of those happy afternoons of vanilla cake.

She can still feel the warmth of the sun caressing her pink cheeks, she can still feel her father’s hand squeezing her fingers, she can still see her mother tenderly removing the cake crumbs from her golden hair.

I would give a thousand chests of gold to go back in time and relive those memories.


 

 

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