Por @latino.romano

Las calles de Grusia solían estar desoladas. Siempre bien barridas y sin hojas, sus habitantes tenían la costumbre de mantener todo limpio. El amor por el trabajo no les era ajeno, pero largas sequías seguidas de largas inundaciones, habían acabado con su economía.

Meneakof se negaba a dejar morir sus ilusiones. La prosperidad de su esposa e hijos le había impulsado a iniciar cientos de empresas distintas: venta de dulces, confección de zapatos, albañilería, servicios eléctricos, etc, todo lo que fuera necesario o señalara alguna demanda en su pueblo.

Su primo Ivanko lo acompañaba desde que volvió de la capital. La universidad había mejorado sus maneras, lo había hecho más culto. Como un traje costoso y elegante que se usa para una fiesta infantil, así de absurda era su presencia en Grusia, un pueblo donde los conocimientos eran algo extraño e inútiles si no te ayudaban a cultivar mejor o a cortar leña.

El tiempo parecía no transcurrir en aquel lugar. Todas las casas lucían siempre inmaculadas. Era un hábito muy arraigado el andar componiéndolo todo. Todo debía lucir hermoso y perfecto… y antiguo.

Ambos hombres regresaron a su hogar cargando una cubeta del mineral uranto. Ivanko apenas probó la cena y tomando una maleta salió urgente a la capital, a su alma mater, a buscar a sus maestros para mostrarle el hallazgo. Su viaje lo llevaría hasta las oficinas de una gran empresa de energía interesada ahora en las montañas de Grusia.

Cuando la esposa de Meneakof tuvo que asar un ternero para agasajar a los ejecutivos de la compañía, él supo que los vientos de cambios comenzaban a soplar a su favor, que los días de caminar por las calles sin un rumbo fijo se habían terminado; que sus hijos al fin podrían usar zapatos nuevos.

Esta historia continuará en el blog personal de @latino.romano. Hoy te recomiendo leer este microrelato que nos hace reflexionar en cómo cambian algunos lugares para mal. Disfruten leyendo a:

 

@arkmy

 

Caiga el Lujo en Punta

 


 

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