Por @latino.romano

Reclinado sobre la baranda de estribor, con la mirada perdida en el horizonte y los brazos cruzados por el frío, parecía contemplar cuidadosamente las nubes grises del cielo. Tenía el semblante de un hombre que había perdido todo, no por pereza o despilfarro, sino por una desgracia. Su gabardina negra llegaba hasta los tobillos, sus botas finas de cuero peculiarmente brillantes, indicaban que, si bien la vida lo trataba con dureza, también supo tener sus momentos de gloria.

—No se preocupe por la tormenta, no nos enfrentaremos a ella —dijo una voz masculina con acento alemán detrás de él. Era el capitán de la nave. Llevaba tiempo observándolo desde la mirilla del puente. Consciente de la atribulada situación de su pasajero, se acercó para sacarle conversación impulsado por una compasiva curiosidad.

—No me preocupa la tormenta —respondió brevemente sin desviar su mirada del horizonte, sin hacer ningún movimiento diferente, como si hubiese sabido todo el tiempo que era observado. Ni siquiera las ráfagas de aire helado en la cubierta le hacían inmutarse.

—Debo confesar que parece usted algo distraído esta tarde, no es el mismo hombre que venció a mis oficiales en las cartas la pasada noche. Dígame ¿Dónde aprendió a jugar así? —inquirió el capitán soplando en sus manos para calentarlas.

El pasajero se tomó un momento para responder. Una media sonrisa se dibujó en su rostro al percatarse de las intenciones del capitán. No habían sido presentados aún, pero seguro el marinero ya estaba al tanto de los pormenores de su tragedia. Como muchos buscaba consolar el dolor ajeno, y a la vez entretenerse con una lamentable pero buena historia.

—Sus oficiales no tienen idea de lo rápido que puede cambiarle la suerte a un hombre. Yo no hice nada especial para ganar, solo me aproveché de su excesiva confianza. La suerte hizo el resto —respondió ofreciéndole una pequeña botella de vodka que sacó de su gabardina.

El capitán miró el licor y con un gesto amable rechazó beberlo.

—Hay mejores cosas para sacarse el frío del cuerpo que un trago de vodka, un buen café en el salón por ejemplo —indicó el marinero insinuando la invitación.

—Estoy de acuerdo —respondió el hombre— Supongo que puede arreglárselas para que también esté presente la dama que cantó preciosamente la otra noche en el bar.

El capitán intentó disimular su sorpresa ante la petición del pasajero, y creyendo entender sus intenciones agregó con algo de picardía:

—Eso es muy posible, pero querrá saber el nombre del admirador que desea beber café con ella.

—Dígale que soy el Sr. Ferenc Gottfried —respondió extendiendo su mano al capitán, este la estrechó con una sonrisa y dijo:

—Maravilloso Sr. Gottfried, nos veremos en el salón en unos minutos.

 

Extracto de una historia o inicio de una novela, ya veremos…

 


 

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